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dilluns, 6 d’abril de 2020

SINTAGMA

1.
Haver de dir, haver de ser: l'engruna.
L'au enfonsada del pou al sintagma.
No bada boca. S'abisma l'oracle.
Torre dins torre sota el mot estèril.
Erm esllanguit, a l'onada secreta.
Nocturna i fonda. So de vol erràtic.

dimarts, 31 de març de 2020

OMISIÓN

Me encontré en mitad de la conversación casi sin darme cuenta. Hablaban de las anécdotas de algunos escritores conocidos, de sus extravagancias y rarezas, anécdotas muy divertidas para las tertulias de sobremesa. La timidez enfermiza de Juan Ramón Jiménez que llegó a ocultar su traslado por la casa con una silla para no tratar con las visitas, o el aspecto desastrado de Antonio Machado descritas impudorosamente por Manuel de Unamuno, todo bien manido por unas turbias risas, cada vez más ásperas y lamentables. Hubieron imitaciones de la voz aguda y quebradiza de María Zambrano, incluso hubo alguien se decidió a imitar con gestos simiescos las truculencias conocidas por todos de Camilo José Cela. Las risotadas cada vez más obscenas inundaban los espacios de seriedad que debían ser sagrados entre los intelectuales. Los licores de probada calidad ayudaban a distendir el desparpajo de los más comedidos y la desacralización orgiástica alcanzaba límites indecorosos, se llegó a blasfemar, a violar la palabra poesía en su sentido más profundo. Mi diversión primera se fue transformando en vergüenza y casi me sonrojé al pensar que yo mismo me afirmaba como escritor y que permanecer en la mesa con obediente silencio no era más que cómplice cobardía. Mis admirados mitos eran destrozados por los salvajes que me acompañaban en este delirio sin sentido para mi. La incomodidad aunque se iba acentuando no se mostró en el momento oportuno y no fui yo el valiente que cortó de raíz la barbarie de mis semejantes, fue un humilde camarero, que indignado nos dirigió una lección que no olvidaré nunca “Ustedes se burlan de escritores muy superiores a sus capacidades, y eso, señores, es la verdadera tragedia que quieren ocultar con su menosprecio.” Se alteraron los ánimos y después de unos gritos insolentes y aspavientos expansivos apareció el amo del restaurante que haciendo uso de su jerárquica autoridad despidió de inmediato al camarero. Antes de marchar del lugar, visiblemente humillado, dejó un lapicero rojo en mitad de la mesa “Les dejo este instrumento para que aprendan a escribir.” Los hechos se me quedaron grabados en el cerebro. Después de aquel día me sentí como un traidor a la causa de la literatura que en mi fuero íntimo había prometido servir, mi incomodidad aumentaba y tuve la necesidad imperiosa de disculparme con el camarero, en cierto modo me sentía responsable de su despido. Dejé pasar un tiempo prudencial y fui andando al restaurante para intentar averiguar algo sobre su suerte. El amo, sorprendido con mi demanda, me comentó que desde aquel fatídico día no ha sabido más de él, en cierto modo, él también sentía que se había precipitado y lamentaba no poder tener una conversación serena con el camarero sobre si era oportuno un comentario poco afortunado ante unos clientes ilustres. Volví a sentir vergüenza y compartí mi sentir con el amo, a mi manera me disculpaba a la persona menos adecuada para entenderme, el amo insistía con argumentos sobre la falta de profesionalidad y aquello tan manido de que el cliente siempre tiene la razón. Salí a la calle con la voluntad de encontrarme el camarero, mis disculpas se hacían aun más urgentes, un desasosiego íntimo me impedía escribir hasta no haber cumplido con la penitencia, debía localizarlo cuanto antes. Paseé por las bibliotecas públicas y las librerías cercanas, con la extraña sensación que daría con él. La autoridad de sus palabras, grabadas en mi mente, me hicieron intuir que era un buen lector y quien sabe si un escritor nobel oculto en la gran ciudad. Mis tentativas fueron vanas. Cuando llegué a mi casa escuché la voz lacónica del contestador automático, era la mujer de uno de mis amigos, casualmente uno de los comensales más descarnados de la fatídica sobremesa, que me informaba de la desgracia y que a partir de la tarde habría una ceremonia laica en el tanatorio por si quería decir algunas palabras. Partí después de comer algo, las calles desiertas acompañaban mi pesar. Al entrar en la sala coincidí con varios amigos que me explicaron con horror los hechos “Ayer, cuando salió del trabajo, cruzó la calle y en la avenida central, camino de su casa, ya sabéis como esta de gente a esas horas, pues alguien se le acercó y lo acuchilló en la ingle, al momento, cayó al suelo. Murió al acto, lo intentaron reanimar pero la sangre inundaba ya todo el arcén. Fue espantoso.” Acabada la ceremonia volví a casa, no lograba quitarme la visión de las rieras de sangre entre las cuadrículas del arcén. Pensaba en Venecia. No pude conciliar el sueño esa noche. Al día siguiente tuve mal cuerpo, trabajé mal, comí peor y esperé a volver a casa para encerrarme. No cené nada, pero pude conciliar un sueño tenso y reconfortante. Pasó un tiempo, pero no dejaba de recordar la sobremesa y continuaba sintiéndome en deuda con el camarero, volví a los lugares que intuía que lo podía encontrar, con el paso de los días se me desdibujó su rostro y me inquietaba pasar por su lado y no reconocerlo. Frecuenté la calle del restaurante y volví a las librerías y bibliotecas esperando una especie de milagro. Como era de esperar fracasé en mi intento. Encontré una carta en el buzón de mi casa. Cual fue mi sorpresa al comprobar que se trataba de la muerte de otro de los comensales. Al día siguiente, sin apenas dormir, me presenté en el funeral. Se trataba de la poeta que no podía dejar de reír el día fatídico de la sobremesa, recordaba, con una precisión cinética, los espasmos rítmicos del cuerpo echado hacia delante. No exhibieron su cuerpo destrozado por una explosión de gas, un accidente doméstico, me comentaron. Aquellas semanas fueron quizás las más duras, no dejaba de pensar en la hipótesis consabida de que todo lo que nos sucede tiene una causa moral. Necesitaba, más que nunca, encontrar al camarero, así que continué mi búsqueda. Intenté precisar al máximo mis recuerdos cada día más alterados por los hechos, incluso dude que aquella reunión en el restaurante hubiera pasado alguna vez. Y aun dudé más, porque al ir al restaurante me encontré que cambiaron los dueños y los actuales no sabían nada de los anteriores propietarios. En fin, mi obsesión por encontrar al camarero se iba complicando. Cayeron más amigos, pero renuncié a ir a despedirlos, en aquellos momentos yo los detestaba. Me sentía culpable y era más que urgente pedir perdón. Quizás sería yo el próximo en caer. Tenía miedo, un miedo atroz, más que a morir, a no estar a tiempo de disculparme, me sentía cómplice de una acción abominable y al menos de eso quería redimirme y si consideraba que debía morir no me opondría a su voluntad. En cierto modo, esperaba la hora de la verdad donde se iba a resolver la autenticidad de la literatura, la mía o la del camarero. Decidí no salir más de casa. Pasaron los días, vivía a oscuras. En algún momento cortaron la luz. Llamaban a la puerta, marchaban, al tiempo volvían a llamar, cada vez con más insistencia. Yo me sentía muy débil y en un estado de desnutrición y falta de higiene lamentable. Me torturaban los insultos a los grandes poetas admirados, a los febriles escritores que yo había contribuido a mancillar con mi silencio. Pedía íntimamente perdón, perdón. En medio del delirio él me encontró. Me miró directo a los ojos, le miré. Me preguntó, me volvió a preguntar. Como no tenía más fuerzas, bajé la cabeza afirmativamente. Sonrió, sonreí, me dejó un lapicero rojo en la mesa, el mismo lapicero rojo, lo único cierto que aun podía recordar. Por fin tenía un relato que escribir.
Jordi Valls

divendres, 21 de febrer de 2020

EL LIBRO DE ARENA

Creo que fue a finales de mayo o principios de junio que encontré una cuartilla doblada entre los libros de una estantería en la Librería Catalònia donde yo trabajaba, enfrente de la Plaza Catalunya, donde hay actualmente un McDonald's. Era una carta firmada por el librero Marçal Pineda, con fecha de 20 de mayo de 1999. La carta fue toda una sorpresa, Marçal Pineda murió en el año 1967 y la datación hacía imposible que pudiera ser él el autor de aquel escrito. El contenido era la continuación de libro conmemorativo del 25 años de la librería Catalònia-Casa del Libro, el año 1949. Un dietario titulado “Veinticinco años de librería. Apuntes de un dependiente” que contenía desde el año 1924 las experiencias del librero y la evolución de la librería desde los orígenes. La carta, a diferencia del dietario publicado años atrás, estaba escrita íntegramente en catalán. Me pareció sorprendente encontrarme este documento y lo comuniqué a la dirección. Como se estaba confeccionando el libro del 75 aniversario de la Catalònia, el gerente Sebastià Borràs, hijo de Manuel Borràs uno de los fundadores de la librería, me pidió que incluyera este documento en el volumen conmemorativo, sé que en el fondo sospechaba de la autoría de la carta, pero quizás por la urgencia de la confección del libro lo dio por bueno. Dieciocho años más tarde me invitaron al “Festivalul Internacional de poezie de Bucarest”. Allí conocí el poeta Hugo Mujica, hicimos una excursión a la casa museo Tudor Arghezi, y ante un jardín de cerezos fascinante, rompí el silencio para hablar del árbol de la vida y de la manzana como el fruto icónico del pecado. Mujica muy serio sostenía que haríamos bien en dudar de que fuera una manzana el fruto que compartieron Adán y Eva ya que en ningún pasaje del Génesis se define el nombre del fruto. La opinión de Mujica me merecía respeto, me consta que pasó siete años encerrado en un monasterio trapense ejerciendo voto de silencio y dedicado al estudio de los textos bíblicos y la oración. También me habló de la existencia del libro “Holly Writ, Bombay” que él conoció a través de un extraño escocés vendedor de biblias en New York. En los años 60 Mujica experimentaba con los sicotrópicos bajo la tutela de Timothy Learn y Ralph Metzner. Y esto mucho antes de que Jorge Luís Borges escribiera el relato “El Libro de Arena”. La cosa no tendría mayor importancia si no fuera que aquel mismo año, a principios de septiembre coincidí con el poeta argentino Juan Arabia en Pereira, Colombia, en el marco del Festival de poesía “Luna de Locos” que convoca cada año el infatigable Giovanny Gómez. En una de las lecturas programadas nos llevaron al pueblo de Belén de Umbría en la región de Rosaralda. En el trayecto, entre cafetales y carreteras sin asfaltar, llenas de curvas de fuerte pendiente, hablamos del misterioso relato de Jorge Luís Borges “El Libro de Arena”. Juan, entonces, me confesó que en Los Ángeles, en un café japonés de Abbot Kinney Boulevard, Venice, el Shuhara Matcha Café, se encontraba en un rincón, delgado, con arrugas y muy blanco, casi transparente, un viejo que hablaba solo, ensimismado. Reaccionó al momento, al percibir el acento de Juan, casi gritando: “!Yo conocí a Borges!”. Con los ojos como platos Juan le iba escuchando con mucha atención, el viejo no se identificó, iba algo bebido por los tragos de sake y aseguró a Juan que los hechos que narra Borges eran ciertos, “El Libro de Arena” era todo un prodigio, ni empezaba, ni acababa, era de un infinito exasperante que angustiaba a todos aquellos que lo abrían. Se trataba de una maravilla que había alterado la vida de los lectores inconscientes del peligro, convirtiéndose en una verdadera pesadilla, de vez en cuando, el escocés mostraba alguna emoción oculta que desaparecía al instante bajo una impenetrable mirada de reptil. Confesó a Juan, que desesperado marchó a New York para tratar con los gurús de la sicodelia, que el libro le quemaba en las manos. Supo del bibliotecario argentino por Hugo Mujica. Aquella historia me sonaba. El escocés viajó a Argentina e hizo todo lo posible para encontrarse con Jorge Luís Borges, lo visitó a su domicilio de la calle Belgrado. Después de la transacción, nunca más volvió a Argentina. Juan Arabia se llevó la curiosidad a casa y al poco tiempo, a la Universidad de Buenos Aires en una conversación banal con el profesor especialista en la obra de Samuel Beckett y Bernat Metge, un hijo de catalanes exiliados, Lucas Margarit, que extrañamente conocía aspectos intestinos de la literatura argentina reciente, le explico a Juan, en confianza, que sabía que “El Libro de Arena” de Jorge Luís Borges existía y que aquel extraordinario volumen viajó de la Biblioteca Nacional Argentina a Barcelona, a una famosa librería de la Plaza Catalunya por encargo de Antonio López Llausàs, uno de los fundadores de la Librería Catalònia, que en Argentina fue conocido por haber creado la Editorial Sudamericana. Borges vendió el prodigioso libro a López Llausàs, después de recuperarlo del escondrijo donde lo ocultó en la Biblioteca Nacional Argentina como explica en el final del famoso relato. Nadie sospechó nada ni cuando lo fue a dejar ni cuando lo recuperó, Jorge Luís Borges era la sombra que llenaba todos los espacios y todos los tiempos de los volúmenes que pasaron por su mano. Cuando volví a Barcelona no podía dejar de pensar que “El Libro de Arena” fue a parar a la librería Catalònia, seguro que en algún momento u otro estuvo allá y me cité con Sebastià Borràs, que me explicó con todo detalle lo que me faltaba de la historia: López Llausàs, entusiasmado por obtener un libro tan prodigioso y advertido por sus peligros, lo envió por barco a Barcelona, perfectamente empaquetado, a las oficinas de la editorial Selecta, con órdenes estrictas de no abrirlo nunca bajo ningún concepto. El libro quedó olvidado entre las estanterías del almacén de la editorial, sobre los despachos de la administración de la librería. Sucedieron cosas extrañas, como las apariciones fosforescentes de los antiguos clientes de la librería de antes de la guerra civil o el incendio, anunciado entre sombras, del año 1979. Curiosamente el único volumen que se salvó de aquella desgracia estaba envuelto entre trapos y tenía el titulo legible de “Holy Writ, Bombay”. A los pocos días comencé a entenderlo todo. El 20 de mayo del año 1999 el fantasma de Marçal Pineda, no tengo duda sobre eso, se puso en contacto conmigo y me facilitó la carta que se publicó en el volumen del 75 aniversario de la librería. También, las señales que se esconden en las pinturas perturbadoras de Amèlia Riera, vecina del edificio de la Sudamérica, todo estaba conectado a la maquinaria de un libro de libros, más allá del mundo de los vivos y de los muertos, fascinante, inconmensurable, como la biblioteca de Babel. Pero el libro, dónde está ahora? Algunos afirman que con las obras del Mc Donald's el libro quedó enterrado bajo metros de cemento, otros dicen que volvió a Buenos Aires por mediación de una sociedad secreta argentina relacionada con el PEN Club. Hay quien de noche escucha unos gritos horribles en arameo en el Ateneu Barcelonès. Es un misterio. Hugo Mujica no me dijo cuál era el fruto del árbol de la ciencia. Me dejo el interrogante. Pero “El Libro de Arena” es muy claro en este aspecto, yo mismo entré. Solo os diré que si el árbol es el cuerpo humano, la práctica de la lectura es pura antropofagia. Arena sobre la arena.
Jordi Valls

dilluns, 29 de gener de 2018

VOCES DE REVUELTA

Los poemas surgen de la necesidad expresiva del ser ante su circunstancia, sus lecturas, sus vivencias o su propio ser. A veces esa necesidad se convierte en confesión sincera y es cuando la poesía se gesta desde la tripa y explota en el papel. Es el caso de Mariano Martínez, que nos recuerda que estamos en el mismo bucle de injusticias sociales desde tiempos inmemorables. Por eso recurre a Jorge Riechman en el poema que abre la primera parte del libro “Calles convulsas” refleja “Unos pocos hacen historia:/ los más la sufren.” Poema que preludia el fulgor de una artillería poética, la de Mariano, impactante y sin concesiones.
El poema “Gritos de verso” es el primer proyectil del libro y avanza como un manifiesto las intenciones del poeta. “Yo busco el verso desnudo,/ despojado de oropeles/ y superfluos adornos,/ duro como el pedernal/ o la bala que mata al tirano.” Mariano advierte que la poesía no puede estar disociada de la justicia. Ética y estética van de la mano. Reivindica la voz de Gabriel Celaya, otro de los grandes poetas silenciados por la democracia española. La lucha obrera impide al poeta expresarse con la calma que desearía, demasiada violencia, demasiada indiferencia “Quiero arrancar las máscaras/ y que “el yo no sabía”/ se convierta en farsa inaceptable,/ en puro teatro del absurdo.” Mariano, desde su postura moral, no puede desdoblar su poética hacia el canto del amor o la belleza en el sentido clásico, ni tan siquiera, permitirse ser críptico “Pero tus poemas, llenos de misterio,/ ¿dan calor al sin techo,/ sirven al parado, al precario,/ que recorre de puntillas,/ la mitad de cada mes.”
“Voces de revuelta” trata de algo que a veces se escapa al poeta por la vía de la abstracción, eso que llamaríamos la honestidad de la poesía, tan escasa en nuestra época, si ésta debe tener una función es sin duda denunciar lo que se oculta tras la capa del mundo urbano y deshumanizado “Golpeo en el yunque el lenguaje caduco,/ lenguaje de fracasos y derrotas.” Pero no todo esta perdido, el poeta lucha por la ansiada utopía. Hay pues, en los versos del poeta una tenue pero bien afirmada fe en la humanidad, por eso el lenguaje debe ser una herramienta precisa para invertir las prioridades de la sociedad “Quiero reescribir la historia,/ convertir perdedores en héroes,/ indigentes en dueños,/ policías en cuidadores de ancianos, empresarios...”.
En muchos de los poemas de Mariano se despliega el resentimiento cada vez que mira hacia atrás, es una colección de derrotas que desalientan, el presente tampoco es mejor, incluso la represión se estiliza bajo capas de pintura amable “...Rastreo calles y plazas/ entre caretas y sombras/ que llenan los espacios del hombre.” La ciudad es el monstruo que aliena las personas, los suburbios, como “granjas humanas” en palabras de Slavoj Zizek. Y el fenómeno necesario para que el sistema se sostenga, la mentira aceptada como verdad “necesaria”. El poeta deshoja todas las miradas del sentimiento de frustración.
En la parte titulada “Del arte” la poesía adquiere una proyección más estética y depurada “En la lucha por el verso puro/ comprimo la idea/ y dejo en el aire el complemento.” Hay un posicionamiento íntimo por la integridad del yo en la honestidad con la lealtad colectiva, pero esta vez es a través del arte “¿De que color pinto/ la patera astillada/ la desesperación de unos brazos/ elevándose al cielo/ en lucha con las olas?” Existe un combate interno en el poeta, debe ir más allá de lo evidente a través de la palabra. El arte, la poesía se transmite en el dolor humano tangible, en la indignación de la injusticia.
La última parte del libro “Presencias y ausencias” comienza con unos poemas de tono autobiogràfico “Pronto abandoné la fila/ para caminar en silencio/ por trochas y atajos./ Lejos de orden y arenga.” La desconfianza aparece con la experiencia, demasiadas heridas, pero el poeta no se resigna “Parar es precipitar el ocaso.” Y a esto no está dispuesto, el poeta no se rinde. En “Efluvios de mentira” ataca la mal llamada “posverdad” -palabra del año- y en “Viaje sin retorno” como Antonio Machado, desea partir cuando llegue la hora sin hacer demasiado ruido “Quiero alejarme/ despacio,/ a la velocidad del perdón,/ sin dejar cuentas pendientes/ y cerrar la puerta sin golpe.” Nada más puede definir la intención de una poesía honesta, seria, sin oropeles, escrita desde el compromiso social, desde la tripa del humano que reconoce otro humano por la identificación del poeta con las cadenas invisibles que le sujetan a la ciudad, a la injusta explotación obrera y a la sordidez de la injusticia cotidiana a la que nos quieren acostumbrar. Mariano Martínez, obrero anónimo, poeta y sobre todo, porque de esto va “Voces de revuelta”, un ser humano.
Jordi Valls

dimecres, 22 de novembre de 2017

UNA LECTURA DE “BERNAT METGE” DE LUCAS MARGARIT

Gracias a las redes sociales he conocido el libro de poemas titulado “Bernat Metge” del poeta argentino Lucas Margarit. Un poemario exigente y de clara motivación existencial. Para un catalán el título es sorprendente y le pueden surgir de entrada muchas preguntas. Precisamente el escritor medieval Bernat Metge no es uno de los más citados, ni promocionados, por la dificultad de comprensión de su obra. Así pues, el libro de Lucas Margarit empieza con una dedicatoria a la abuela del autor, que es del pueblo de Claverol, Pallars Jussà, y al padre de Lucas que vivió un tiempo en Barcelona. Pistas, busco pistas, para entender la obsesión de Margarit por este enigmático personaje de las letras catalanas. La primera que encuentro es el origen catalan de Lucas. Pero no es la única.
El autor nos remite directamente a visitar “Lo somni” uno de los libros más complejos de la literatura catalana medieval. Es importante recordar que nos explica Metge en “Lo somni”. El autor, secretario del rei de Aragón, se encuentra en prisión por un asunto oscuro de malversación de cuentas de la corona y entre sueños, se le van apareciendo personajes con quienes establece coloquios de carácter filosófico y transcendental. Bernat Metge es un buen lector de los clásicos y de la literatura italiana que le va llegando, desde su posición acomodada en la corte real, no le son extraños: Dante, Petrarca o Boccaccio.
En este “somni”/ “sueño” va recibiendo apariciones del otro mundo. El primero que se le aparece es el difunto Joan I de Aragón. Más tarde Orfeo, el mismo que bajó a los infiernos para rescatar su amada Eurídice y el anciano Tiresias -el mèdium clásico que actua de oráculo clásico-. Lola Badia, estudiosa de Bernat Metge, nos orienta sobre las intenciones del autor medieval “La clave está en los conceptos del mal y de la providencia, tal como los plantea el cristianismo: tanto el uno como el otro son indisociables de la noción de un alma inmortal y de un más allá de pena y de gloria, que son precisamente los temas del libro I y III de “Lo somni””.
El Bernat Metge de Lucas Margarit parte de una incógnita perturbadora en el pensamiento medieval, “Bernat se desnudó/ estiró los brazos/ frente a la ventana vacía/ y preguntó/ que és el purgatòrio?/ No había respuesta...”. El dilema existencial esta expuesto desde el primer momento. Bernat toma las figuras de Juan I, Tiresias i de Orfeo para explicar el más allá, también aparece la figura del padre de Bernat Metge muerto prematuramente, Guillem Metge, especiero -o lo que diriamos modernamente farmacéutico- en el texto de Margarit el padre acaba siendo una especie de alquimista que participa del sueño de Bernat. Es interesante observar la mirada mágica del pare “Guillem Metge, mi padre/ se refiere a las montañas/ cuando habla de los espíritus...” Así mismo como si fuera el poeta de la tradición catalana, el religioso Jacint Verdaguer, un pietista reverenciador, que anima i humaniza todo lo que ve.
Guillem está en la antesala de Orfeo, el enlace directo entre los dos mundos, el de los vivos y el de los muertos. Orfeo es Bernat, pero al mismo tiempo asume el papel del padre de Lucas Margarit, las identidades de los protagonistas se van sumando de forma sorprendente “ahora, Bernat/ se coloca junto al mar e imagina/ Troya quebrada/ Roma saqueada/ Atenas bajo el agua/ y recuerda el viejo pueblo, Claverol, en silencio...” La figura de Tiresias es aun más enigmática, recordemos que Tiresias es el ciego adivino, que oracularmente describe el futuro “ahora Bernat/ descansa/ cumple con el deseo/ de soñar tu muerte” No menos enigmática es la figura de Juan I, el rey a quién sirvió Bernat. El fantasma de Juan I aporta conocimientos desde el mundo de los muertos, filosofa “-lo animado no vive ni muere de un solo modo:/ aquí me ves, como la noche y como la voz que circula/ de la nada hacia la nada” más adelante aun afirma “...Otra vez entras a casa para descubrir/ que no existe el canal que/ separa los vivos de los muertos”. Entonces, como en un cuadro de Hieronymus Bosch, se van sucediendo descripciones fantásticas y grotescas. Aparece en la siguiente parte un “Cuaderno oscuro de Bernat” hay dos sonetos ingleses, donde Bernat duda de la fe, de las apariciones de Orfeo entre los dos mundos y del propio sentido de la existencia. Pero esta duda tiene un motivo más elevado “ahora necesitas la sed/ para preguntar/quien caza desnudo detrás del bosque blanco/ en tus manos/ caben perfectamente/ los huesos de un pájaro vivo/ necesitas la sed para demostrar que tu cuerpo ha cambiado”.
La segunda parte “Los otros cuadernos de Bernat Metge” compuestos como “Cinco cantatas sin música” son poemas dedicados a cinco mujeres de la mitología griega: Medea, Ariadna, Ifigenia, Dido y Eurídice, como si fuesen estatuas postmodernas los cinco mitos expresan meditativamente la tragedia que las define, la desolación en breves elegías. -En el libro de Bernat Metge“Lo somni” el tratamiento medieval de la mujer es peyorativo y misógino, Margarit, transgresor, al contrario de Bernat, le da la vuelta y reivindica el papel de la mujer desde los mitos clásicos-. No es extraño que Lucas Margarit cierre esta serie con Eurídice “orfeo inmóvil/ flota/ como la isla/ del destierro de ariadna”.
La tercera parte “Próspero y Benat” el autor entra en la dimensión de William Shakespeare, la figura de Próspero, recordemos que Próspero es un personaje de la obra “La tempestad”, depuesto Duque de Milán y exiliado a una isla, crea su realidad a paritr de la magia, Próspero esclaviza a Calibán y Ariel, dos seres fantásticos de la isla. Bernat y Próspero tienen en común el tiempo vivido en cautiverio, los dos buscan en la imaginación su supervivencia como individuos libres “aquí soy Próspero, deseando desear el mar,/ el viejo mar respirado en mis manos”. Bernat se identifica con la desgracia de Próspero “quien lee/ una palabra/ lee su propio nombre”. El cautiverio de los dos personajes es el cautiverio espiritual de Lucas Margarit “y el desierto ya no da las respuestas/ que explicarían las cruces en la piel/ ¿cómo existe tanto vacío entre tanta piedad?”. El interrogante cierra este encuentro entre Bernat y Próspero.
Y empieza la cuarta parte del libro “Algunas dudas sobre Bernat Metge” donde se va abriendo el descrédito de la redención espiritual y Bernat toca fondo “tiempo y tiniebla se cruzan como dos insectos/ cuando caen cerca de la piel” Lucas Margarit necesita respuestas interiores y solo encuentra silencio, desierto.“construirás tu zigurat para ubicar en su centro/ tus huesos/ y tus armas de hueso”. La quinta parte “Recuerdos de Bernat antes de morir” es la conclusión del pensamiento del autor. Bernat, abandonado, recorre a invocar las desgracias que le han precedido “¿has oído el lamento de las abandonadas?” refiriéndose a los cinco mitos femeninos de la segunda parte “¿has podido huir como las ratas moribundas a otra orilla?” identificándose con el exilio de Próspero “¿quién errara sobre mis huesos cuando mis lágrimas de niño se oscurezcan?” con la decepción del misterio, con la orfandad a la que nos condenan los fantasmas y esto interpela directamente a la identidad del poeta, puesto que es hijo de emigrantes y un ser humano huérfano también de transcendencia “Bernat se arrodilla y extiende la piel de un pájaro/ en la arena/ y estira su brazo para dibujar una letra muda”.
Lucas Margarit es un poeta que debemos visitar los lectores. Hace un acercamiento a los orígenes de la tradición de la literatura catalana, una tradición europea que desgraciadamente ha quedado solapada por los avatares de la historia. Un libro de poemas como “Bernat Metge” es alguna cosa más que una rareza, es una joya de poemario que remite directamente a la circunstancia del autor, con unos versos que cortan el aliento del lector: “El vacío corre tras/ las huellas separadas/ de un pájaro ahogado”, “soy hermosa como un muerto/ en tu historia”, “debes saber que/ existen ventanas talladas/ con el cuerpo/ vacío de los pájaros”... y muchas más lecturas de alto nivel que nos llevan de Sófocles a Shakespeare, de Bernat Metge a T.S. Eliot y a revisar la teoría de las tres voces de la poesía. Lucas Margarit es un poeta puente que une dos continentes a un lado y otro del Atlántico.
Jordi Valls

dijous, 8 de desembre de 2016

BONES FESTES I BONA ENTRADA D'ANY NOU!

SALUT
Has vingut per alçar la copa
per fregar l'emoció certa.
Doblegades veus, inserides
a l'alegria transparent.
Del cobejat dringar efímer
neix la fusió sense esquerda.
Som tots cristal·lins, plens de vida.
Jordi Valls Pozo

dijous, 1 de desembre de 2016

LA EFICACIA DEL DESPEGUE

“despegue” es un libro que parte de una cita de Juan Gelman “el alma despegada contempla/ Las partes de sí que no partieron.” La poesía de Víctor es vertiginosa. Cuando entramos en sus poemas, entramos en una especie de aventura de imágenes potenciadas por las frases subordinadas que potencian más de un significado posible. Cuándo el poeta escribe: “a golpe de guitarra se alza vuelo/ paloma impopular/ doble capa de cúmulos/ y el índigo imperioso” nos sumerge en un mundo lleno de ambigüedades.
La poesía de Víctor es una música que nos lleva a un diálogo con nuestro inconsciente, en una suerte de vigilia precisa que se recuerda justo en el momento de despertar. El poeta lleva el timón del lenguaje con mano diestra, sin evitar, eso sí, las tempestades del mar abierto que es la mente a lugares comunes que en su divagar nos resultan extraños por contraste con la convención. ¿Cómo abarcar la complejidad de la vida en una literatura que contemple la monstruosidad de nuestra mente: lo que vemos, lo que pensamos, lo que obviamos, lo que queremos, lo que desechamos, lo que tememos, lo que creemos, lo que soñamos? ¿Cómo evidenciar esa complejidad sin un tartamudeo excesivo que provoque en el lector la irritabilidad? Como hizo John Ashbery en su “The tennis courth oarth” traducido como “El juramento de la pista de frontón” y tan denostado por la determinación crítica de Harold Bloom; crítica, por cierto, poco propensa a un cierto tipo de ironía. Pero hay un componente en Víctor que le aleja de esta actitud provocativa, el poeta no quiere llegar hasta las últimas consecuencias de la paciencia lectora. Y es que ante todo, es un gran seductor. La poesía de Víctor Rodríguez Núñez es una urgente necesidad de ofrecer la complejidad pero con la cadencia de un español rico en matices, la lengua es la herramienta que sabe desplegar con gran sutileza, un trabajo léxico y sintáctico que no deja de lado un lenguaje técnico, aunque el coloquial es su principal herramienta.
Víctor es alguien que anda por la cuerda floja del lenguaje, de las imágenes. Es un equilibrista de gran destreza que nos lleva a su mundo interior y nos ofrece destellos de lo que le rodea. El libro “despegue” está dividido en cinco partes: salida, vuelo, escala, puerto y entrada. En ese camino de ida y vuelta, existe la necesidad de comunicarse con la madre del poeta desaparecida recientemente. Mantener esa conversación significa pasar un duelo pero al mismo tiempo llenar el “horror vacui” de esa ausencia primordial.
Cada parte se compone a su vez de quince poemas, en total setenta y cinco y responde a un espacio concreto de las vivencias del poeta. El lugar de la poesía de Víctor es el aeropuerto, es el espacio neutro donde el poeta hace balance de su vida. En “salida” y “entrada”, la primera y última parte del libro, los títulos del poema son calles o lugares de Cuba, diría que de La Habana. En el caso de “escala” los títulos son en inglés, es decir de sus vivencias en Estados Unidos. En un cierto interregno se encuentran las partes: “vuelo” y “puerto” donde los poemas son numerados. Versos como: “se deshace el humo/ volar no te hace libre/ el destino queda en manos del viento” o bien: “hogar es donde estás/ en la leche cortada/ en el pan tomas nota”. El poeta nos ofrece pistas de la ubicación en el viaje, (el vital y el real del momento) se constituye una elipse atemporal, un canto al nomadismo del poeta, pero también a la contemporaneidad que vive y representa. En ese discurso entre el yo y el nosotros se desenvuelve la poética de la tensión entre lo que sucede y lo que el poeta imagina.
Los poemas también tienen su complejidad técnica, son sonetos blancos, Víctor utiliza versos de arte mayor endecasílabos y de arte menor heptasílabos. Hay un origen inspirador en la "cuaderna vía" que dominó con maestría Gonzalo de Berceo en el siglo XIII, esa música concreta parte de esa entonación ancestral. Ahí pues, en ese duermevela acrónico de los sonetos blancos se observa una mirada tierna y apasionada a los detalles de la cotidianidad, a la turbina del pensamiento que no descansa, Víctor mezcla y asume elementos tan dispares como los discursos de Fidel Castro. Hay una especie de blasfemia poética -por eso Platón expulsó también a Víctor de su República- porque esa utilización del discurso discurre como una espada de doble filo, exponiendo las contradicciones del poder, en tanto que las intenciones y los resultados muchas veces distan con amargura, valga (CALLE TROCADERO) como ejemplo.
(CALLE TROCADERO)
el despacho de ron una monja por línea
donde el flaco ovaciona
nalgas prietas en uniforme albino
y su potencia médica
deforestada selva de cemento
se tejen celulares
y se recargan alpargatas nórdicas
se sabe el capitalismo funciona
de una oscura manera
se sabe el socialismo no funciona
de una clara manera
un ruido de tres pares de cojones
el avión que fumiga
eriza la ciudad
En resumen, Víctor Rodríguez es una voz única que navega entre dos tradiciones la angloamericana y la hispana. La novedad imperiosa es que asume el bilingüismo, sin complejos, la riqueza de cada cultura emerge de forma sorprendente, y en Víctor están: Vallejo, Lezama, Brodsky, Simic, Gelman, Ashbery, Ida Vitale, Seamus Heaney... Víctor es para mí sin ninguna duda, una de las voces más actuales del mundo, leer a Víctor es entrar de pleno en el siglo XXI.
Artículo publicado en la revista Vallejo-Company.
http://www.vallejoandcompany.com/category/poesia/
Jordi Valls