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dilluns, 19 de juliol de 2021

EL CARNAVAL DE LOS HOMBRES GRISES





Pedro Luis Cano es un animal rotundo, enérgico, un mastodonte bello, contundente, de mirada tierna y profunda. Es de ese estilo de poeta personalísimo y contra corriente, de esos que no se amilanan ni por nada ni por nadie, ni de los que tampoco van difuminándose etéreo pues sabe perfectamente de las garantías de las leyes newtonianas a este respecto. El resultado de esa corporeidad bien definida podría compararse a las ya conocidas formas de Rafael Alberti, Carlos Edmundo de Ory, Jesús Lizano... Poetas lejanos al academicismo, pero imprescindibles en una antología poética que se precie de ser capaz de no aburrir a las vacas. Y ahí es a donde iba.

Pedro es un poeta con gran carisma, fuerte como un roble; sus poemas emergen del estómago a la boca y a veces escupe sangre. Pedro es un gran observador, y observa los trazos que van marcando las experiencias en el transcurso de su vida, anécdotas que como veremos, adquieren la potencia del mito, a veces aparecen como extrañas ensoñaciones descriptivas y delirantes, otras como impactos sensoriales de ritmo entrecortado y trágico, pero siempre hay un elemento obsesivo subyacente en toda su obra, la perplejidad de la existencia.

El carnaval de los hombres grises es el tercer poemario de Pedro Luis Cano; sus anteriores libros de poesía son Viaje al estanque de los peces dorados y La sombra prestada. No es casualidad que Pedro abra su último libro con la relectura de un verso ya aparecido en Viaje al estanque de los peces dorados las llagas del alba saquean la noche un verso inquietante donde dolor y belleza se confunden en una revelación lúcida. Lucidez serena y alucinación se alternan en este libro. El resultado puede de entrada resultar algo desconcertante, pero la convivencia es armónica y muestra la complejidad de un autor receptor de muchas identidades que se han ido tejiendo en el transcurso de toda una vida.

No olvidemos que Pedro es productor musical, que nació en Jaén y se trasladó como tantos migrantes a la Cataluña de los sesenta. Estos datos biográficos, aunque esquemáticos, son esenciales para entender, por un lado, la herida trágica del desarraigo, un trauma que como tantos andaluces sufrió en propia carne y que forma parte de un modo u otro de la identidad del poeta; y por otro lado, la pasión por la música, una pasión diversa y compleja como la personalidad de Pedro: así el rock, la rumba, el flamenco y me animo a decir el blues y el jazz conforman una visión particular del mundo.

Concretamente del flamenco y del blues encuentro huellas profundas, dos músicas muy diferentes pero que arrancan de la tragedia colectiva. El Pedro mas narrativo e irónico responde al lenguaje del blues, por ejemplo: cuando el sol tiene hilos verdes / es cuando se coge mejor la miel. / Las serpientes andan torpes / cuando la hierba se recuesta del sur. / En cuarto creciente parirá la yegua. El más simbólico o enigmático correspondería al del flamenco, por ejemplo: Piedras desgarradas pobladas de criaturas... / Líneas tajantes. / Piedras arrancadas a la piedra. / Vagina entre la espada y la pared. / Vive lo imposible mientras las rocas moldean mis ojos.

Ejemplos los hay en todo el libro. Esa capacidad de desdoblarse, de asumir dos registros poéticos y hacerlos complementarios demuestran la pericia del poeta.

Una influencia destacable es la de Antonio Gamoneda, ecos de Blues castellano y de Arden las pérdidas confluyen de forma armónica con la tradición lorquiana y albertiana que conoce Pedro a la perfección. Pero el autor es una esponja sensible, sorbe de las muchas influencias que puede recibir una mente abierta. Y si a ese elemento añadimos la personalidad y la energía de Pedro obtenemos una voz muy original y conocedora de las claves de la poesía moderna.

La infancia es el refugio, o mejor dicho, la entraña del poeta, a esa edad acude y aporta anécdotas y paisajes que suenan a lejanía, a mito. La perplejidad ante ese mundo desaparecido como una obsesión va reapareciendo en todo el libro, ilustrando su poética con esas dosis de ternura y de dureza reiterativa. El origen del miedo, de la miseria humana, del amor por la familia. Ahí esta el origen de todo, y en cierto modo ahí confluye, pero ese espacio no es el espacio definitivo del poeta.

El paraíso perdido es un lugar al que Pedro va acudiendo continuamente. ¿Dónde hallarlo? Pues al lado de los amigos, de la naturaleza, de la autenticidad. Pedro aspira a ser un buen salvaje, libre como su madre que lo trajo al mundo, instintivo y veraz, amante de la bondad humana sin subterfugios. Ese es el destino al que aspira el poeta, y puede ser: Santiago de Chile, Nápoles, Samarcanda, La Habana, Horta de Sant Joan, Pontevedra, Puerto Mingalvo, Jaén, Barcelona o la isla de Luign. La libertad está en cada uno de los lugares donde uno se halla a sí mismo y cuando se encuentra con buena compañía.

Los amigos son imprescindibles en la poesía de Pedro, aparecen y son homenajeados por compartir momentos especiales con el poeta.

Esta característica demuestra la profunda relación existente entre poesía y vida y como esa autenticidad ofrece un valor añadido a lo que debería aspirar siempre el poeta: la verdad.

Definir su poesía en forma breve y concisa me resulta difícil, la proximidad con el autor y su contagiosa alegría, que compartimos, me atrapa en una especie de extrañamiento muy propio de los colomenses, algo que no sé cómo explicar, pero que nos ha hecho así, más griegos que fenicios, más pícaros insustanciales a la ganancia que elementos del consumo. Recojo pues las palabras de Jordi Gol en su magnífico prólogo del libro anterior de Pedro La sombra prestada, unas palabras que resumen a la perfección lo que quiero destacar de la obra de Pedro: es la de Pedro Luis Cano una poesía esencial sin ser pobre, auténtica sin ser simple; una poesía que aísla la esencia y que transciende el mero recuerdo para sumergirse en la memoria ancestral; una palabra poética que desciende a las latentes reminiscencias de la humana materia para revelarnos aquello que ya no podemos recordar. Persigamos pues en las huellas de Pedro Luis nuestro propio rastro.


Jordi Valls 



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