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dilluns, 19 d’abril de 2021

LA ARCILLA DE LA HUMANIDAD

 



José García Obrero es un poeta de base sólida que va consolidando una trayectoria lúcida y personalísima. Tocar arcilla al fondo es su cuarto trabajo editado y probablemente el culmen de un laborioso quehacer. Con Un dios enfrente y Mi corazón no es alimento marcó los parámetros de su poética. El valor principal de García Obrero es la franqueza. A partir de ese punto de referencia se dibuja una poesía atenta a los detalles de la vida. García Obrero es un poeta sensible, observador, atento, con los recursos bien aprendidos del oficio. Lo ínfimo convive con lo trascendente: La familia, la amistad, el amor, el deseo. Si la pérdida fue el primer motor del poeta, ahora, adquiere volumen y complejidad. Las preguntas irresolubles se van condensando en un mundo simbólico personalísimo que dialoga con su entorno inmediato, con sus contemporáneos y con la tradición.


Fue con La piel es periferia que ofreció al público lector el muestrario de sus cualidades poéticas, con este título ganó el premio Ciudad de Burgos, que a su tiempo le proporcionó nuevos y curiosos lectores. En La piel es periferia se confirma el poeta. Hay una clara ampliación del campo de batalla. García Obrero, siempre atento, siempre en proceso de aprendizaje, nos sorprende con nuevas paradojas que hilvana con preciosismo. Se afianzan los cimientos de su artesanía y como un orfebre atento va añadiendo precisos cambios que enriquecen y añaden volumen a su poética. Domina la intensidad, a veces con guante de seda, a veces con precisos golpes de látigo. García Obrero demuestra que la poesía no necesita del extremo para ser peligrosa. Las cuerdas de la poesía son múltiples y las maneja magistralmente.


Tocar arcilla al fondo no es tan solo un paso más en la carrera de García Obrero, supone una clara consolidación. Los poemas adquieren más volumen, la atmósfera se vuelve densa, a veces familiarmente irrespirable, pero al mismo tiempo procesa algo entrañable. Esa poesía remite a la mediterraneidad de Eugenio Montale, recuerda los poemas “Ossi di sipia”. En el poema “Anunciación” inicia su andadura “Todo se originó un verano. / El mundo tuvo su germen en un sopor; / un caldo denso como el colchón de espuma / de la siesta.” No hace falta describir el lugar, solo hace falta el simple hecho de hacer las preguntas adecuadas, de pincelar las sensaciones para crear ese clima de extrañeza. El “lugar” es un espacio de juicio, de purga, donde el único tribunal es la voz del poeta: ¿De qué te quejas, di, crees ser el único? / No hay exilio más cruel que echar raíces. Pero ese sopor nos remite también a la narrativa de Alejo Carpentier, al sopor que va de los trópicos al patio de luces o al lavadero donde descansa, entre la humedad y el olor de lejía, el cadáver de Ofelia, más allá del eco de Shakespeare/Hamlet. Responsable de lo que no pudo llegar a ser porque el destino es la anaconda sin piedad que se traga las acciones oblicuas y nos escupe la piel de la nostalgia. Por eso el poeta debe fijar esa posibilidad inconclusa: Tras el diluvio, esta certeza: bajo una luz y la siguiente, / lo que ahora es, ahora es memoria, ahora, olvido.


Un ejemplo claro de esta poética enigmática y evocadora:


ABSTINENCIA


A fuerza de ignorarla llega un momento

en que la sed desaparece.

Desde ese día, un deseo soterrado

te somete de manera imprevisible.

Puede ser en la fila central de una sala

de cine o en un ambulatorio:

los ojos agrietados, la respiración

rota como un ala de nieve

dan avisos al labio que termina

por beberse sus adentros.

Das media vuelta y acudes crujiendo,

como otoño, a la amargura.

Persigues el porqué de esos terrones negros

que te cubren los párpados.

Una larga lombriz se ha enroscado en tu lengua:

el agua se ha olvidado de tu nombre.


La poesía de García Obrero navega entre el eco acuciante del predicador y el abismo que representa esa nada anunciada con toda la exuberancia de detalles. Si Dios insufló aliento a la arcilla, el poeta palpa ese fondo en su propia exhalación: La sustancia de la vida es un balcón / donde nos asomamos a observar / los cables que nos unen al absurdo.


Así pues, sin el refugio de la tradición; ¿dónde se oculta el sentido del eco? Tocar arcilla al fondo es averiguar hacia donde conduce esta aventura de introspección. García Obrero es metódico, lento, eficaz. Quizás, por eso, las imágenes aparecen destiladas con sorprendente originalidad, como ejemplo sirva el poema “La colina” dedicado al poeta Mark Strand: El silencio, a veces, es hosco corazón, / pero otras, ahuyenta al perro / que ha enterrado los huesos de la luz.


Ya lo anunciaba el poeta en su anterior libro La piel es periferia. Profundizar hacia dentro nos permite entender lo que subyace fuera, también en el camino inverso de la expansión descriptiva. La materia humana, más allá de los artificios que ejercen de frontera, forma parte de la naturaleza. Conforma no solo un nexo sino una continuidad de consciencia. Eso significa conocer los límites de lo perceptible: Todo lo que se va por el desagüe / de la materia oscura, / del agujero negro que asoma a la garganta; / todo lo que nos acaricia con ternura / y acaba por abrirnos una herida.


Vivimos en un mundo de sombras, de simulacros de identidad, carecemos de la certeza de nuestro propio carácter. En un mundo que cambia y nos hace cambiar continuamente ¿Qué es la identidad? Se intuye un secreto en el fondo de las sombras, allá donde la infancia creo las primeras emociones en la forma de los mitos íntimos, de los lares del hogar.


Hay una cita de Antonio Gamoneda que encabeza el poema “Huellas”: Ten piedad en mi boca, liba, lame / amor mío, la sombra. Así, el muro, la puerta, esos límites a la naturaleza, al árbol, al bosque incendiado, al horror de la vida, con toda su crueldad, que la “civilización” nos evita mirar, y a modo de defensa, nos canibaliza. Paradójicamente la naturaleza también aplica sus leyes al mundo artificial que nos protege. Pero somos animales comunitarios, nos arropamos los unos a los otros, la amistad, el amor, es un refugio sólido: Desde un portón se aproxima implacable la gran sombra / y en vez de huir, sabiéndonos unidos, la velamos.


En el delicado poema “La cierva” detectamos esa comunidad en los niños que acompaña una cierva cerca de un lago, donde hay un padre que permanece allí como punto de referencia, pero la acción es de los niños que siguen la cierva en un juego infantil, cuando estos se hartan vuelven al punto de origen, donde se halla el padre pero al otro lado de la orilla del lago. Ha habido un cambio imperceptible y la atmosfera se repliega en el padre; quizás se trata de un sueño, o de un momento cenital de absoluta consciencia, de concreción de las sombras. El cambio no es peligroso solo un fenómeno que altera la atención principal del poema.


El cambio, las diferentes percepciones de las sombras, de un destino vital: Si sientes bajo el rostro el filo de una raíz, / todo lo que anhelabas habrá quedado atrás / y seguirás andando.


García Obrero ha conseguido un libro que sorprende por su profundidad intelectual y amplia el talento evocador de una poesía muy trabajada, tocando en su propia arcilla el cáliz la identidad, donde se evidencia la continuidad del trayecto humano con la naturaleza exterior que lo rodea. Como resume Alejandro Simón Partal: Estamos ante un poeta necesario, un hombre sin estridencias ni concesiones, que sin pretenderlo llega hasta las partes más hondas de nuestra existencia, donde palpita lo que secretamente llevábamos tiempo esperando.



Jordi Valls

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